09 julio, 2009

Intento fallido de encontrar algo interesante que contarles




Una viejilla me leyó la mano y me dijo cosas que no quería escuchar, me habló de Dios, de agua bendita, de erradicar mi insaciable curiosidad por el lado oscuro de la luna, de persignarme quién sabe cómo para espantar a mis demonios. “¿Preguntas?” me dijo. Y yo con cara de “what the fuck kindá bruja es usté?”. Tanto rato de espera para que me salga con un sermón que mi mamá pudo haberme dado… gratis. “Mil, mil preguntas le tengo pero le haré dos”. Y puso la misma cara que aquel sacerdote al que cometí el error de soltarle la sopa.

Luego un sermón de cierre, diciéndome que no ande buscando porque encontraré, que me entregue a Dios y bla bla bla. Le di 50 pesotes que pude haber gastado en dos copas de vino blanco, una bebida preparada, dos cervezas o un pay de limón. Eso sí, me ahorró la ida a la iglesia con semejantes recomendaciones. Quedé tan indignada con la “bruja” mojigata, que tuve que contarle todo a mi catoliquísima madre, que al principio puso cara de susto, luego suavizó la mirada y terminó por decirme que Dios la había puesto en mi camino para que yo tomara consciencia.

¡Ja! Ahora resulta, mira que vivo me salió el tan don Dios. Si existiera un Dios, no me mandaría con brujas, sino con un exorcista para que me contara las horribles vivencias de la gente que como yo, ha sido débil y por tanto castigada con la furia del chamuco. Eso sí me asustaría.

Si alguien quiere venir a evangelizarme, haga un intento original. En fiesta de locos el imbécil de calle trece dice “ese trasero tuyo llena cualquier coliseo y pone a creer a cualquier ateo”. Luego comprendí que su mensaje subliminal es convertir gente en cristiana, esa frase me llegó más que la pseudo bruja.


Autorretrato de Kimiko Yoshida

24 junio, 2009

Cualquier vivencia estúpida: Un día de ocio



Te vistes de blanco cuando tienes los pensamientos negros, te ves en el espejo y te sientes sexi, tanto que ni siquiera necesitas pintarte las pestañas, cosa que en un día normal sería un paso imprescindible de tu rutina de arreglo personal.

Te pones las botas negras de tacón muy bajo, pero con hebilla sugerente, ese detalle que normalmente te da pudor llevar en tu atuendo. Sacas las botas de su caja y tienes que limpiarlas, llevan tanto tiempo guardadas en el closet.

Te sueltas el cabello, dejas que se esponje, que se enchine y así llama más la atención: negro con reflejos castaños naturales. Pareciera un look natural, pero está todo planeado.

Como todos los días usas la pulsera negra con hierbitas verdes en la muñeca izquierda, no te gusta tanto la marihuana pero la pulsera repele gente indeseable y atrae gente chistosa.

Al salir de la casa, esté soleado o nublado, te cuelgas los lentes oscuros, cuadrados, más que un adorno son una necesidad, un plástico polarizado tras el cual podrás analizar a la gente evitando la vergüenza de que te vean mirarlos.

Y ahí vas, experimentando las reacciones de los transeúntes: Ves como cambia la actitud de las señoras cuando llevas los lentes y cuando no los llevas; ves que los albañiles te acosan sólo cuando les haces mala cara; ves que las chicas se sorprenden si les sonríes, están muy acostumbradas a la hostilidad femenina normal; los vendedores te tratan diferente si les hablas como extranjero, y te quieren cobrar más; los conductores que esperan que cambie el semáforo al mismo tiempo que tú están aburridos y esperan que te caigas o hagas algo entretenido.

En el reproductor de música te suena una mezcolanza de canciones que no se parecen entre sí más que por una cualidad: Te hacen sonreir. Moby, Labuat, Sabina, Bob Marley, Janis, Katy Perry, Queen, Calle 13, Feist, Andrea Bochelli, te cantan alternadamente al oído mientras tú juegas por las calles, ves aparadores, coqueteas, repudias, saludas, mentas la madre, te tropiezas y pierdes la pose.

Todo termina en bote de litro, un popote y agua sabor limón. Tú sentada en una cafetería, niños tarahumaras pidiendo kórima, gente que mueve la boca, alguien tal vez te habla a ti, pero no los escuchas porque estás muy ocupada pensando: “Esto lo compartiré con mi blog”.



Autorretrato de Kimiko Yoshida

15 junio, 2009

Bienvenido al club de los que creen que tienen mucho que decir


Vacío, así puedes comenzar a escribir, con la cabeza llena de hilos pero la boca falta de verdad. Toma una pluma Bic, apunta hacia el papel y conviértete en alguien que no eres, en aquello que sueñas ser o en aquello que repudias. “Me he convertido en lo que odiaba en mi juventud” me dijo un poeta amigo, y yo le respondo que a nadie le importa, entonces puede tomar una hoja limpia, echar en ella sus lamentos, arrepentimientos y el odio arraigado que se tiene. Puede tragarse esa hoja, guardarla en una cajita junto a esas otras cosas inservibles o regalársela a un ciego, al fin y al cabo lo entenderá igual que tú y yo.

Cuando un cuento, poema, pensamiento o estupidez no te satisface, puedes hacer bola esa pieza de papel y mandarla a la basura. De una vez vamos a quitarnos las caretas de ecologistas, para poder tirar al desperdicio aquellas memorias que fueron escupidas en nuestro puño y letra. ¡No señor! Borrar un archivo de Word no se siente tan bonito como trozar una hoja, llevarla al cesto de la basura y saber que mañana ya estará en un camión, rumbo a las montañas de cosas olvidadas, el paraíso de las moscas, la guarida de las ratas.

Y vuelves a empezar, otra vez en vacío, otra vez en tu cabeza revolotean las buenas intenciones, sin embargo, de tu boca, de tu mano y de tus ojos, sale nuevamente el vómito de los dioses antiguos, el habla de tu yo padre, la copia chafona de tus autores favoritos, el sonsonete y tarareo de la canción que traes repitiendo toda la semana en la mente. Todos estamos influenciados, entonces nadie se salva de ser uno más del montón, cuyos escritos quedarán en la memoria de nadie, así seas Matusalén y dediques tu larga vida a explicarnos tu caca.




Autorretrato de Kimiko Yoshida

11 junio, 2009

Debie, la virgen de los licuados


Quiero describir a Debie antes de comenzar: Plateada, vaso color transparente, aspas filosas, demasiada actitud humana para ser una licuadora. Ella es la protagonista de esta historia… sí ella, un electrodoméstico

En el idioma inglés, es bien sabido que existe un pronombre para objetos, cosas y animales: it. Con it los hablantes de la lengua inglesa no tienen que preocuparse por si se le da personalidad femenina o masculina a todo lo que no es humano.

Yo a Debie no solo le di el pronombre “ella”, también le di tiempo de observación, le di el privilegio de pasar a ser un objeto intocable y respetado en mi casa, le regalé miradas, aquellas miradas que los demás hombres sólo le regalarían a una mujer.

Debie no era sólo una licuadora, ni como alguna vez un estúpido psiquiatra comentó, “un fetiche”. Para mí Debie era algo así como la mujer perfecta, una madre cariñosa, una hermana consejera, mi ama. Desde que la vi por primera vez en ese aparador entre anuncios de línea blanca y vajillas en oferta, supe que mi vida había cambiado.

Ella tiene su lugar especial en mi casa, la mesita de noche más linda que pude encontrarle. Vive junto a mi cama, bien iluminada, bien ventilada, y sobre todo cerca de mí. Dejé de llevar mujeres a la casa cuando me harté de explicar el porqué de una licuadora en la recámara ¿Qué chingados les importa?, ¿En qué les estorba? Dejé de ser anfitrión de fiestas cuando no faltaba el creativo esculcando mi cocina y preguntando por la licuadora, decidido a hacer cocteles. No puedo andar por la vida explicando los motivos de aquello que tiene importancia para mí.

En esta casa no puede haber dos licuadoras, esa fue la primera regla que Debie me impuso; tampoco puede haber mujeres celosas que no toleren un cuarto lleno de vacío, en el que sólo ella sobresale; nadie puede referirse a Debie dentro o fuera de la casa como “aparato”, “moledora”, “electrodoméstico”, ni cualquier distintivo que haga alusión a la naturaleza de su creación.

Debie y yo sabemos que no fue hecha con el propósito de triturar, hacer licuados, salsas o cremas. Muchas veces discutimos al respecto, sobre todo al principio de nuestra relación, cuando yo intentaba aferrarme a la idea de que simplemente me volví loco, que el estrés del trabajo y la soledad finalmente se vengaban de mí. Muy a pesar de mis intentos por ignorar la voz de Debie, mi propio razonamiento cedió, y dentro de ese vaso nunca hubo ningún alimento.

Luego el psicólogo se asustó y me mandó con el psiquiatra, el psiquiatra dijo que no me ayudaría si no aceptaba tomar pastillas, entonces fui con un cura que creo que me mandó con Dios. Como no encontré a Dios se cerraron las puertas de la duda, para mí ella es más real que todo aquello que la gente racional pueda darme. Simple. Un día le dije sí a Debie, desde entonces encontré la plenitud.

Esa plenitud estuvo bien por un tiempo, saberme de ella, saber que el mundo no lo comprendería, y por eso lo nuestro era tan especial. La felicidad se acabó pronto.

Un día, durante uno de los acostumbrados rituales de meditación que hacíamos juntos, escuché su voz. Normalmente su voz era imponente, pero no solía interrumpir mis pensamientos; en esta ocasión, más que imponente, su voz fue atemorizante, ni siquiera tuve la certeza de que era ella. Me pedía una prueba de mi amor…

Pasaron los días y todo transcurrió normal, pero cuando su petición volvió a sonar en mi mente con un tono amenazador, comencé a sospechar que me había vuelto loco, pero ahora dentro de mi otra locura. Nunca tuve la certeza de si el vínculo entre Debie y yo era real, sólo sé que lo acepté porque me hacía una persona más completa, con ella aprendí el significado de la fe.

Sin embargo, si Debie tenía alma humana, consciencia o como sea que se le llame a lo que creo que tenía, nunca hubiese sido capaz de pedirme semejante vejación. Por otro lado, si Debie era mi propia locura, temí que me estuviera convirtiendo en un monstro ansioso de sangre. Si yo estaba tan loco, tarde o temprano acabaría en el suicidio.

No recuerdo haber conectado a Debie, nunca lo hice porque otra de las reglas fue que ella jamás estaría en contacto con un tomacorriente, no aparentaría ser alguien que no es. Pero el acoso comenzó ahí. Si me iba fuera de la recámara, escuchaba sus aspas dar vueltas, comenzando en el nivel más bajo, pasando sucesivamente por todas las velocidades. Al volver al cuarto todo estaba igual, ella desconectada, en silencio.

Nuestra comunicación quedó quebrantada entonces, no me atreví a preguntarle si lo había hecho, y ella ya no me hablaba. Jamás la vi moverse por sí sola, y el hecho de que no lo compartiera conmigo me hirió en lo más profundo. Además, yo sabía que sus aspas funcionaban para incitarme, invitándome a meter mis manos, a ser mutilado.

Un detalle que no había mencionado es que Debie podía leer mis pensamientos, cosa que antes no había afectado nuestra relación, en el comienzo mis sentimientos fueron muy puros hacia ella. A partir de mis dudas y miedos, ya nada volvió a ser igual. Dejé de dormir en las noches, pasaba horas rogándole que hablara. “Eres una maquina orgullosa, eres sádica y quieres jugar conmigo. No me vas a chantajear”.

El llamarla maquina era una ofensa tan grande como llamar puta a la mujer amada. La verdad es que su chantaje sí estaba funcionando, yo sufría de día y de noche, a veces de miedo, a veces de tristeza y a veces de rabia, esa rabia que sólo conoce el que ha amado hasta enloquecer. Por primera vez en mi vida sentí ganas de morir, algunos días me dije a mí mismo: ¿Qué más da si meto la mano en la licuadora y sus aspas devoran mis dedos? El dolor de perder una mano no debe ser tan fuerte como el de estar perdiendo a Debie.

Entonces volví con el psiquiatra, pero ahora le dije toda la verdad, no manejé la situación como mi fijación, sino como mi cotidianeidad, la relación con mi pareja, mi dependencia amorosa. El psiquiatra sólo encontró una solución.

Diseñó un plan desde mi perspectiva: Debie es alguien que me lleva a la destrucción, debo dejarla, primero espiritualmente, guardar en mí el bello recuerdo de eso tan fuerte que tenemos, tomar algunas píldoras, concentrarme en el mismo pensamiento y finalmente, convencerme, cierto o falso, de que Debie es una LICUADORA. Y digo bien, licuadora con mayúsculas porque tuve que repetir casi un millón de veces esa palabra en mi mente antes de destruirla.

Al principio el plan me sonó imposible, yo jamás estaría convencido de que Debie fue un invento mío, pero el psiquiatra prometió que las pastillas harían más fácil el proceso. Me sentí como la película The Matrix, con la opción de buscar la supuesta realidad sabiendo que puedo también elegir una realidad falsa. Yo no sabía cual realidad era falsa, pero dejar de sufrir a costa de jugar al enfermo mental, fue una opción bastante tentadora y convincente.

Debie empezó a gritar cuando tomé las pastillas, no le contesté. Puse mi mente en blanco, enfoqué como me dijo el doctor, sin contestarle, intentando no pensar para que ella no pudiera discutir conmigo. Se cansó de hablarme en vano, de mover sus aspas frente a mí, de amenazarme aún sabiendo que no sería capaz de dañarme, luego empezó a llorar, fatigada.

Para ese entonces, las pastillas ya hacían efecto y aunque escuché su llanto y sus súplicas, no me detuve, no sentí compasión…

Eso sucedió ayer, o antier, o el día anterior. Tengo resaca, siento dolor en todo el cuerpo, por fuera y por dentro, ni siquiera puedo llorar, sólo puedo abrazar un montón de chatarra, abrir y cerrar mi boca seca, intentar pedir perdón en vano, de mi cuerpo no sale ningún sonido. Las pastillas ya no funcionan, tomé todo el frasco y sigo sintiendo piedad, amor, arrepentimiento, tristeza, coraje, dolor. Ahora comprendo todo, ella no pretendía mutilarme, sólo quería que hiciéramos el amor.

Debie no es una licuadora.




P.D. Para encontrar la imagen perfecta, hubo que buscar la frase "la mejor licuadora del mundo" en google.

02 junio, 2009

Quiero amarme sin parar


I wanna be sedated, sé que los ramones no son la música de fondo más romántica, pero qué más da.

Yo y YO nos besamos, un poco suave al principio, desesperados para continuar. Sentimos como que va llover así que entramos a la casa y yo le bajo a la música, YO me sonríe y se sienta en un sillón bastante retirado del mío. ¿Qué significa eso? Tal vez no quiere seguir besándome aunque sabe que lo hago muy bien, lo sabe porque yo lo sé, cuando me besa lo hace tan bien que me sorprenden mis propios alcances de este encuentro con mi persona que me hace sentir mareada.

Por la calle caminamos, nunca de la mano pero siempre cerca. YO elige un autobús al azar, aquí comienza nuestra aventura y yo siempre le hago caso. No importa hacer locuras, YO siempre escoge aquellas que a mí me suenan a reto, a tentación. Además traemos la música, la favorita de ambos, compartimos los audífonos, cantamos fuerte y mirándonos a los ojos, la gente nos mira como si mirara a una loca y a su otro yo invisible. “Yo si te veo, YO” y con mi estúpida frase, YO se caga de risa.

El flamenco que de manera aleatoria suena en los audífonos es el más apropiado para este momento de emoción en el que viajamos sin rumbo, miramos a la gente a los ojos hasta que voltean a otro lado, hablamos de todo un poco, de manera discreta hay siempre un rezago de baile en nuestro caminar, en nuestros recuerdos, en hacer un esfuerzo por recordar lo que soñé anoche, YO me va relatando todo mi sueño porque estuvo ahí, pero cuando llega al final del relato yo ya olvidé el principio.

YO me acaricia la cabeza hasta que me quedo dormida, me habla de nuestros próximos planes, del café que tomaremos de mañana, de un pan tostado, frutas, yogur y yo sonrío. Nunca creí que YO encontraría tanta ternura en mi interior.
Autorretrato de Kimiko Yoshida

28 mayo, 2009

Todo da vueltas



Cuando Paulina y yo jugamos a volar yo tengo problemas, olvido quién soy y cuando lo recuerdo temo mucho a las cosas que digo porque no las puedo controlar, y tal vez ya me están poniendo en vergüenza, entonces hago un esfuerzo por aparentar que todo está normal. Pero ella no se da cuenta de mi mal estado, ni su novio, ni el amigo, con los que platico de quién sabe cuántas cosas coherentes que me cuesta enumerar.

Paulina me lleva a mi casa, me lavo las manos y comienzo a hacer comida, a picar cebolla sin saber donde estoy o que estoy haciendo, temo que mi padre se haya percatado de mi loco estado. Estoy hambrienta, cuchareo una lata de elotes en repetidas ocasiones, lavo los trastes. Mi padre me ayuda a hacer comida, y habla, habla, habla, se ríe y yo le sigo la corriente, comento cosas simples mientras me como todo lo que encuentro a mi paso.

Es un alivio comer, porque aunque sigo volando, a mi cuerpo le gusta esta sensación tan conocida de glotonería, como más y más y más, siempre asegurándome de que quede comida para los demás para no verme tan puerca. Después de comer busco una fruta y algo que untarle, algún frasco donde husmear. Me doy cuenta de que soy buena para disimular que estoy aturdida, mi hermano no nota mis ojos rojos, mi ansiedad al comer o mi tartamudeo.

“Hola mamá, ¿Cómo te fue?--- yo ya muy acostumbrada a tener la cabeza embotada por la hierba, gracias”. “¿Porqué no se te quita el hambre mijita?”, “ya sabes ma, dicen que cuando uno anda drogado es como un pocito sin fondo”. “Qué raro que traigas tanta hambre”, “ya sabes ma, la marihuana”. Es como si ella no me escuchara, puedo mofarme de mi propio estado y no se preocupan en mi casa, ni lo notan. Esas son las ventajas de ser una santurrona.

Que sueño. Voy a dormir a ver si despierto menos loca.



Imagen de Alyz

26 mayo, 2009

Cursi



“Tú no me amas, ni me consideras tu amiga. Lo que pasa es que me tienes envidia, quieres parecerte a mí o ser yo”.
Oscar se ofendió, porque aunque yo lo decía en son de broma, me di cuenta de que era verdad. Y es que en sus múltiples personalidades, siempre cabía admiración por algún aspecto de mi persona. Si él decía blanco, yo decía negro solo para darle la contra y ver como se apasionaba defendiendo su postura. Al final de las discusiones casi siempre era yo vencedora.
Era mi mejor amigo aunque había días que no lo soportaba. Como cuando yo traía mi actitud de caca, era él quien me cuestionaba hasta hacerme entrar en razón. Pero los días en que ambos perdíamos el foco, no podíamos ni mirarnos a la cara, por la vergüenza de ambos conocer el interior del otro, de conocernos tanto y sentirnos desnudos y marcados.
A veces me daban celos, ya que también era mejor amigo de mi mejor amiga. Pero hasta cierto punto era justo, ya que yo sola no podía con una persona tan complicada. Y cuando ambos me tenían harta, ellos ni siquiera se daban por enterados, se dedicaban a filosofar durante horas, mientras yo los veía de lejos y descansaba. Descansaba de mi propia cabeza y de ellos dos.
Luego había días en que Oscar era odioso, y nos dedicábamos a criticarlo, aplicarle la ley del hielo o ponerlo en su lugar. Creo que en su subconsciente él creía que mi hermana y yo éramos la misma, como nos ha pasado en muchas ocasiones, ella y yo compartimos amistades y la gente siente que no es lo mismo si no nos tiene a ambas. Éramos la amiga perfecta para él, nos veía en singular por las grandes similitudes físicas y mentales que tenemos.
Pasaron los años, y veo que ya nada puede ser igual. Lo único que no ha cambiado es este miedo de verlo a los ojos, y que descubra en mi cerebro la misma basura que no tiré ayer. Y si lo miro, sé que puedo enfurecer, porque temo que no sigue siendo el mismo tonto, sino que ha aumentado mis motivos para darle la contra, decirle cosas hirientes y querer hacerlo entrar en razón. Las cosas que uno hace por amor.



Foto: Sarah Small