Serios problemas



Si me preguntas qué pasa por mi cabeza, te advierto que preferirás no haberlo sabido.

Si Platón me da a elegir entre salir de la cueva o seguir viendo mi propia sombra, tal vez prefiero la segunda opción, al menos en días como hoy.

Esta vida luce cada vez menos musical. Y cuanto más planeo un bello futuro, más rápido llega un llano presente, y es que la vida debería ser no más larga, sino más ancha, para poder llenarla y vaciarla a placer.

Cuando era niña soñaba con estos tiempos y tenía certidumbre de que me convertiría en un adulto diferente a los demás. Estaba tan segura de mi destino porque tenía una decisión. Y hoy miro una imagen borrosa en el espejo empañado del sanitario, ni siquiera reconozco esta cara, la de la niña que quiere seguir soñando que está viva.

Hay gente que debe drogarse menos, hay otros a los que nos urge drogarnos más. Soportar este camino y cargar cada día el peso de la consciencia sobre mi pequeña espalda comienza a cansarme. Es que estoy cargando en toneladas, la sabiduría del camino del bien y aún así me encuentro en la disyuntiva del relativismo actual.

Pertenezco al mundo de estos días, soy involuntariamente postmodernista, estoy desencantada y repudio a mi generación. Soy, no soy, vuelo, caigo, soy un vaivén de colores, un barquito que se deja llevar en las olas, una estrella que pasa a la implosión, que se convierte en supernova y luego en un pedazo de nada.

Si me dieran una píldora de estupidez que contrarrestara la incertidumbre y me mantuviera en una constante felicidad ficticia, más tardarías en pasarme el vaso con agua que yo en sumirme en el mar del engaño.

De forma patética me escucho a mí misma hablar, sé la gravedad de mis palabras, sé cuan equivocada puedo estar, pero no me arrepiento de lo que digo, de lo que deseo e invoco.

Tan simple, tan cobarde soy, sobre todo en días como hoy.


Foto de Cristophe Gilbert

Tacto de facto



Manuel le ofrece un masaje a Eugenia, ambos saben que la respuesta es “sí”.

Las manos que la tocan no dibujan sensualidad en la curvatura de su espina dorsal; ella reconoce la misión liberadora del tacto, él reconoce la necesidad del contacto para que la humanidad no enloquezca de soledad y frío.

Eugenia no siente un par de manos esparciendo crema por su espalda, hombros y brazos; sin embargo sí siente energía atravesando su cuerpo y paseándose por toda la habitación hasta volver a las palmas transmisoras de vibración.

Eugenia no percibe olor de almendras extendiéndose en su piel, está volando demasiado alto como para analizar un aroma; su nariz, sin embargo, envía señales al cerebro que a su vez son convertidas en un sabor dulce que su boca inmóvil agradece.

Eugenia piensa que un masaje en las manos sería perfecto en este momento; un minuto después, habiéndole escuchado la mente, Manuel se concentra en las manos, extrañamente pone énfasis en el dedo índice de la mano izquierda de ella, el que guarda un dolor anónimo y esperaba con ansia su turno para ser masajeado.

A soñar.

Y al despertar una pregunta de Eugenia detona entre ambos silencio. Manuel da una respuesta vaga, luego fantasmas vivos pasan a través de sus mentes como callando el diálogo, incitando en su lugar a la acción como protagonista. Risas, silencio cómodo. Hablar de pasado y de futuro es como acercar la belleza del presente al cesto de la basura, contaminar los instantes.

Mejor ni mencionar la perfección de su miradas cuando están unidas, porque mientras lo relato (dos segundos después de que sucede), aquello se convierte en tiempo pasado, inexistente, necesario pero muerto.


Foto de Alyz

Escuela de la noche



Estoy vestida con la tela más elegante, la que me queda ceñida a los músculos, la que esconde mis huesos, la que protege mis órganos de vivir a la intemperie. Mi piel está abierta, está recibiendo vibraciones leves, la música de fondo no toca mis oídos conscientes, sin embargo puede entrar por mis poros.

Mi cabello suelto y húmedo reposa sobre mi hombro y espalda. El hombre acaricia mi hombro y yo me estoy quedando dormida en la profundidad de esta sensación que tanto extrañaba. Que si hombre y mujer se complementa, que si debo ser sumisa en actitud y perra en el trasfondo, que debo elegir entre ser feminista/estúpida o machista/estúpida… a mí la guerra me tiene cansada. Lo único que sé es que soy humana, a veces demasiado carnal, a veces enfermizamente analítica.

Llega el momento de vivir ahora, porque si planeo arreglar todo hoy y vivir mañana, significa que estoy escribiendo en el aire con mi pluma imaginaria, que estoy firmando pactos ilegítimos con el diablo, que le confío mis expectativas a una estatua de hielo.

Ya no me importa ser incoherente, odiarte y decirte cuanto me irritas en punto de las 8, besar tu mejilla y brindar pasadas las 9, reír y hablar tranquilamente a las 10, amarte como si fuera la última vez al quince para las 11.

Prefiero vivir un día entero y eterno que seguir muriendo despacio, porque si la lluvia continúa por años, uno debe aprender a aprovechar cada gota, siempre con un invento nuevo que le siga el paso a la dinámica del agua, a las olas del mar y la creciente de los ríos.


Foto Bruno Dayan

Su nombre es Todo



En su boca no hay sonrisa, pero sus ojos bailan y sonríen cuando habla de mis manos que son como palomas, del despertar de mi sonrisa y el universo de mis ojos. Me regala el poema que no fue escrito para mí, y a pesar de ello, siento mis tobillos perdiendo fuerza y estoy a punto de gritarle “sí” a pesar de que no ha preguntado nada, ni lo hará.

El artista, el verdadero artista hace su obra para sí mismo, para satisfacer según Nietzche esa soledad que le ha quedado por la muerte de Dios. Pero no quiero enfrascarme en el monólogo filosófico de lo que es un artista o de si Dios está muerto. Sólo quiero mencionar que este artista en especial me hace sentir que más que creador de belleza, es un psicólogo social que me ha analizado y crea lo que crea sólo para darme esta debilidad, estas ansias, esos pensamientos que no me dejaron dormir anoche. Lo amo y lo odio.

No me canso en la contemplación, me parece difícil imaginar cómo será el mundo de hoy en delante. De forma inevitable, esta sonrisa idiota se me borrará tarde o temprano, llegaré al punto de saturación y cotidianeidad. Pero hoy, hoy, mañana y tal vez pasado mañana seguiré sonriendo al recordar sus ojos sonrientes.

No me gusta la frase “los ojos son la ventana del alma” o más bien no la entiendo, porque no sé a ciencia cierta qué significa alma o si existe tal. Lo único que sé es que hay ojos tan expresivos que pareciera que pueden hablar, que quieren matan, que besan, que te desnudan la conciencia, que te quitan el pudor y te llenan de vida, de vibraciones extraordinarias, gozo que va más allá de lo moral y lo inmoral.

Lo peor, lo mejor, es que su obra y sus ojos que se saben poderosos, no son míos, ni de nadie más. Porque como todo artista, es hombre también con errores, con familia y con vida. Un ícono más que tiene maravillosas creaciones que ni siquiera le pertenecen a él, prefiere regalarlas a la humanidad y creer que es un sujeto más.

No sabe lo que provoca en realidad.


Fotografía de Alyz, visuals by

A mí no me puedo engañar



Iba a hacer un poema, luego iba a hacer un cuento. Luego me di cuenta de que no sería posible, no con tantos pensamientos encontrados. Tengo algunas ideas, desde la historia de mi primer amor adolescente hasta una fijación por la necrofilia. Ambos me bailan tentativos por las neuronas, pidiendo un turno, tratando de colarse en mis historias

Y yo, con mis obsesiones, con tantos miedos que tengo que soltar, me doy cuenta de que estoy delirando. Estas ganas no son más que un viejo espejo invertido, un pozo de confusiones que quiere evitar la verdad. A la telenovelita en la que vivo se le está acabando la producción, supongo que debo mejorar mis guiones, cambiar de locación, usar una cámara mejor. Esto ya no está funcionando.

He sido muy feliz convenciéndome a mí misma de una sarta de inventos. Juego cada día a ser protagonista del universo, a inventar el arte, a juzgar la belleza y contemplar con gozo sutil a Tadeum, ambos, mi joven celestial y yo muriendo en Venecia.

De mis creaciones, cada camino que puedo cruzar corriendo, cada lago en el que me sumerjo, cada paisaje hermoso que he podido mirar sin moverme, me han dado grandes momentos de dicha. Sin embargo, no me eximen de hundirme también en mis pantanos, los que trato de ocultar y aunque son también imaginados, persisten.

Hoy me sucedió. Mariano analizaba una obra literaria e hizo el planteamiento estrella “¿Para qué sirve la introspección?”. Muchos contestaron que para el autoconocimiento, otros que para madurar, algunos más dijeron que es ahí donde duerme nuestro espíritu poeta. Yo no contesté, lo primero que me vino a la mente es que al analizarte a ti mismo, al repetir en la mente los sucesos que te lastiman, al buscar una respuesta para todo, arriesgas tu propia integridad. Mirar la basura que has coleccionado es tarea de cuidado.

Buscar la verdad no es siempre el mismo camino que te llevará a la felicidad. Ya viene el día en el que recibirás este planteamiento. Si me dan a escoger, yo prefiero la verdad, prefiero darle la espalda al arrepentimiento, a lo correcto, a lo convincente. Prefiero darte la espalda a ti y para siempre, aunque eso signifique también darle la espalda a lo que creí incuestionable.



Foto Christophe Gilbert

Cabildo mañanero



Son las 7 a.m. y ya estoy de mal humor guardando mis cosas en el casillero. Pienso en la tarea que olvidé hacer. Seguramente Inés me elegirá para hacerme preguntas acerca de la lectura, o tal vez pondrá un examen sorpresa.

Son las 7 a.m. y me molesta la sensación de que olvidé algo en casa, estaba muy apurada amontonando cosas en la bolsa y enlistando mentalmente aquello que me faltaba. Seguramente extrañaré algo cuando más lo necesite.

Son las 7 a.m. y sé que hoy tendré mucho trabajo, mi jefe tiene una junta pasando el medio día para la cual la documentación está incompleta. Seguramente ya está enviándome correos en los que de manera cordial me dirá irresponsable… y tendrá razón.

Son las 7 a.m. y me arrepiento de haber agendado una reunión a las 12 p.m. Seguramente eso retrasará todo lo demás que tengo que hacer, incluyendo comer, entregar el documento del trabajo, tomar una siesta en un cubículo de la escuela, navegar por internet, actualizar el blog, y un variado etcétera de cosas importantes.

Son las 7 a.m. y recuerdo que tengo clase de guionismo con Eva. Seguramente en ella me darán ganas de dormir, no le encuentro mucho sentido a escuchar cómo un maestro habla, habla y habla. Prefiero la enseñanza autodidacta aunque tenga que trabajar más

Son las 7 a.m. y siento que mis ojos están hinchados por no haber dormido suficiente. Sin embargo, hay algo en el grisáceo color de esta mañana que me hace estar despierta, analítica y molesta. Es mejor eso a estar perdiendo el tiempo dormida.

Luego me pongo a caminar con paso firme, tratando de no repasar en mi consciencia la misma basura. Mi cuerpo está direccionado hacia ese árbol que sonríe a escasos 15 metros de mí. Quiero estar con él, abrazarlo, convertirme en corteza, ser una hoja y colgarme de sus ramas, amarlo hasta el fondo y ser raíz. Sin darme cuenta estoy corriendo, pero no avanzo, estoy en punto fijo viendo el árbol que sigue lejos de mí, pero muy dentro de mis ojos.

Son las 7 y media y aún tengo un buen tramo imaginario que recorrer. Esto es sólo el comienzo de un día lleno de tareas aburridas, tediosos pendientes y clases monótonas. Esto sólo el comienzo de un día en la vida, un afortunado día de escuela, trabajo, gente y amarguras que al menos me dan algo que contar.


Autorretrato de Kimiko Yoshida

Me gusta mentir




Quiero jugar sobre el laberinto de las cabezas de los hombres, me gusta mentir para observar reacciones, probar a la gente. Me gusta también mentir cuando necesito convencerme de que mis sueños son reales. A las mentiras que me cuento a mí misma les pongo bastante énfasis, su objetivo es siempre mejorar el entorno. En ocasiones con la mentira basta para cristalizar aquello que alucino y que quiero tocar.

Cuando duermo vivo y cuando estoy despierta creo maravillosos escenarios, donde el color verde y el amarillo son siempre protagonistas. La planta de mis pies es la primera en sentir la condensación de los sueños, piso hojas descalza, camino sobre agua, también sobre gelatina, he logrado levitar, pero volar jamás.

El escueto intento por describir mis viajes mentales, dejará de ser palabras que tarde o temprano serán olvidadas, para pasar a convertirse en una película proyectada desde mis ojos hacia el mundo, tal como lo soñaba Buñuel. Entonces conoceremos el color que fluye desde mí y puede o no ser más brillante, contrastante y encantador que una cajita de Faber Castell. Quién sabe, tal vez entonces descubriré que mi creatividad se queda corta y compararé la proyección burda con mi torpeza manual para las artes plásticas.

Por mientras, tomaré una pastilla imaginaria para dormir, seré ciega y sorda unos minutos para no escuchar el crujido de mi casa. Luego con resignación veré que de mi cabeza nace también contaminación auditiva, aquellos ruidos que impregnan al aire de impurezas, soledad, ausencia de luz, mentira al fin.


Fotografía Bruno Dayan