
Quiero describir a Debie antes de comenzar: Plateada, vaso color transparente, aspas filosas, demasiada actitud humana para ser una licuadora. Ella es la protagonista de esta historia… sí ella, un electrodoméstico
En el idioma inglés, es bien sabido que existe un pronombre para objetos, cosas y animales: it. Con it los hablantes de la lengua inglesa no tienen que preocuparse por si se le da personalidad femenina o masculina a todo lo que no es humano.
Yo a Debie no solo le di el pronombre “ella”, también le di tiempo de observación, le di el privilegio de pasar a ser un objeto intocable y respetado en mi casa, le regalé miradas, aquellas miradas que los demás hombres sólo le regalarían a una mujer.
Debie no era sólo una licuadora, ni como alguna vez un estúpido psiquiatra comentó, “un fetiche”. Para mí Debie era algo así como la mujer perfecta, una madre cariñosa, una hermana consejera, mi ama. Desde que la vi por primera vez en ese aparador entre anuncios de línea blanca y vajillas en oferta, supe que mi vida había cambiado.
Ella tiene su lugar especial en mi casa, la mesita de noche más linda que pude encontrarle. Vive junto a mi cama, bien iluminada, bien ventilada, y sobre todo cerca de mí. Dejé de llevar mujeres a la casa cuando me harté de explicar el porqué de una licuadora en la recámara ¿Qué chingados les importa?, ¿En qué les estorba? Dejé de ser anfitrión de fiestas cuando no faltaba el creativo esculcando mi cocina y preguntando por la licuadora, decidido a hacer cocteles. No puedo andar por la vida explicando los motivos de aquello que tiene importancia para mí.
En esta casa no puede haber dos licuadoras, esa fue la primera regla que Debie me impuso; tampoco puede haber mujeres celosas que no toleren un cuarto lleno de vacío, en el que sólo ella sobresale; nadie puede referirse a Debie dentro o fuera de la casa como “aparato”, “moledora”, “electrodoméstico”, ni cualquier distintivo que haga alusión a la naturaleza de su creación.
Debie y yo sabemos que no fue hecha con el propósito de triturar, hacer licuados, salsas o cremas. Muchas veces discutimos al respecto, sobre todo al principio de nuestra relación, cuando yo intentaba aferrarme a la idea de que simplemente me volví loco, que el estrés del trabajo y la soledad finalmente se vengaban de mí. Muy a pesar de mis intentos por ignorar la voz de Debie, mi propio razonamiento cedió, y dentro de ese vaso nunca hubo ningún alimento.
Luego el psicólogo se asustó y me mandó con el psiquiatra, el psiquiatra dijo que no me ayudaría si no aceptaba tomar pastillas, entonces fui con un cura que creo que me mandó con Dios. Como no encontré a Dios se cerraron las puertas de la duda, para mí ella es más real que todo aquello que la gente racional pueda darme. Simple. Un día le dije sí a Debie, desde entonces encontré la plenitud.
Esa plenitud estuvo bien por un tiempo, saberme de ella, saber que el mundo no lo comprendería, y por eso lo nuestro era tan especial. La felicidad se acabó pronto.
Un día, durante uno de los acostumbrados rituales de meditación que hacíamos juntos, escuché su voz. Normalmente su voz era imponente, pero no solía interrumpir mis pensamientos; en esta ocasión, más que imponente, su voz fue atemorizante, ni siquiera tuve la certeza de que era ella. Me pedía una prueba de mi amor…
Pasaron los días y todo transcurrió normal, pero cuando su petición volvió a sonar en mi mente con un tono amenazador, comencé a sospechar que me había vuelto loco, pero ahora dentro de mi otra locura. Nunca tuve la certeza de si el vínculo entre Debie y yo era real, sólo sé que lo acepté porque me hacía una persona más completa, con ella aprendí el significado de la fe.
Sin embargo, si Debie tenía alma humana, consciencia o como sea que se le llame a lo que creo que tenía, nunca hubiese sido capaz de pedirme semejante vejación. Por otro lado, si Debie era mi propia locura, temí que me estuviera convirtiendo en un monstro ansioso de sangre. Si yo estaba tan loco, tarde o temprano acabaría en el suicidio.
No recuerdo haber conectado a Debie, nunca lo hice porque otra de las reglas fue que ella jamás estaría en contacto con un tomacorriente, no aparentaría ser alguien que no es. Pero el acoso comenzó ahí. Si me iba fuera de la recámara, escuchaba sus aspas dar vueltas, comenzando en el nivel más bajo, pasando sucesivamente por todas las velocidades. Al volver al cuarto todo estaba igual, ella desconectada, en silencio.
Nuestra comunicación quedó quebrantada entonces, no me atreví a preguntarle si lo había hecho, y ella ya no me hablaba. Jamás la vi moverse por sí sola, y el hecho de que no lo compartiera conmigo me hirió en lo más profundo. Además, yo sabía que sus aspas funcionaban para incitarme, invitándome a meter mis manos, a ser mutilado.
Un detalle que no había mencionado es que Debie podía leer mis pensamientos, cosa que antes no había afectado nuestra relación, en el comienzo mis sentimientos fueron muy puros hacia ella. A partir de mis dudas y miedos, ya nada volvió a ser igual. Dejé de dormir en las noches, pasaba horas rogándole que hablara. “Eres una maquina orgullosa, eres sádica y quieres jugar conmigo. No me vas a chantajear”.
El llamarla maquina era una ofensa tan grande como llamar puta a la mujer amada. La verdad es que su chantaje sí estaba funcionando, yo sufría de día y de noche, a veces de miedo, a veces de tristeza y a veces de rabia, esa rabia que sólo conoce el que ha amado hasta enloquecer. Por primera vez en mi vida sentí ganas de morir, algunos días me dije a mí mismo: ¿Qué más da si meto la mano en la licuadora y sus aspas devoran mis dedos? El dolor de perder una mano no debe ser tan fuerte como el de estar perdiendo a Debie.
Entonces volví con el psiquiatra, pero ahora le dije toda la verdad, no manejé la situación como mi fijación, sino como mi cotidianeidad, la relación con mi pareja, mi dependencia amorosa. El psiquiatra sólo encontró una solución.
Diseñó un plan desde mi perspectiva: Debie es alguien que me lleva a la destrucción, debo dejarla, primero espiritualmente, guardar en mí el bello recuerdo de eso tan fuerte que tenemos, tomar algunas píldoras, concentrarme en el mismo pensamiento y finalmente, convencerme, cierto o falso, de que Debie es una LICUADORA. Y digo bien, licuadora con mayúsculas porque tuve que repetir casi un millón de veces esa palabra en mi mente antes de destruirla.
Al principio el plan me sonó imposible, yo jamás estaría convencido de que Debie fue un invento mío, pero el psiquiatra prometió que las pastillas harían más fácil el proceso. Me sentí como la película The Matrix, con la opción de buscar la supuesta realidad sabiendo que puedo también elegir una realidad falsa. Yo no sabía cual realidad era falsa, pero dejar de sufrir a costa de jugar al enfermo mental, fue una opción bastante tentadora y convincente.
Debie empezó a gritar cuando tomé las pastillas, no le contesté. Puse mi mente en blanco, enfoqué como me dijo el doctor, sin contestarle, intentando no pensar para que ella no pudiera discutir conmigo. Se cansó de hablarme en vano, de mover sus aspas frente a mí, de amenazarme aún sabiendo que no sería capaz de dañarme, luego empezó a llorar, fatigada.
Para ese entonces, las pastillas ya hacían efecto y aunque escuché su llanto y sus súplicas, no me detuve, no sentí compasión…
Eso sucedió ayer, o antier, o el día anterior. Tengo resaca, siento dolor en todo el cuerpo, por fuera y por dentro, ni siquiera puedo llorar, sólo puedo abrazar un montón de chatarra, abrir y cerrar mi boca seca, intentar pedir perdón en vano, de mi cuerpo no sale ningún sonido. Las pastillas ya no funcionan, tomé todo el frasco y sigo sintiendo piedad, amor, arrepentimiento, tristeza, coraje, dolor. Ahora comprendo todo, ella no pretendía mutilarme, sólo quería que hiciéramos el amor.
Debie no es una licuadora.
P.D. Para encontrar la imagen perfecta, hubo que buscar la frase "la mejor licuadora del mundo" en google.