Serios problemas

Si Platón me da a elegir entre salir de la cueva o seguir viendo mi propia sombra, tal vez prefiero la segunda opción, al menos en días como hoy.
Esta vida luce cada vez menos musical. Y cuanto más planeo un bello futuro, más rápido llega un llano presente, y es que la vida debería ser no más larga, sino más ancha, para poder llenarla y vaciarla a placer.
Cuando era niña soñaba con estos tiempos y tenía certidumbre de que me convertiría en un adulto diferente a los demás. Estaba tan segura de mi destino porque tenía una decisión. Y hoy miro una imagen borrosa en el espejo empañado del sanitario, ni siquiera reconozco esta cara, la de la niña que quiere seguir soñando que está viva.
Hay gente que debe drogarse menos, hay otros a los que nos urge drogarnos más. Soportar este camino y cargar cada día el peso de la consciencia sobre mi pequeña espalda comienza a cansarme. Es que estoy cargando en toneladas, la sabiduría del camino del bien y aún así me encuentro en la disyuntiva del relativismo actual.
Pertenezco al mundo de estos días, soy involuntariamente postmodernista, estoy desencantada y repudio a mi generación. Soy, no soy, vuelo, caigo, soy un vaivén de colores, un barquito que se deja llevar en las olas, una estrella que pasa a la implosión, que se convierte en supernova y luego en un pedazo de nada.
Si me dieran una píldora de estupidez que contrarrestara la incertidumbre y me mantuviera en una constante felicidad ficticia, más tardarías en pasarme el vaso con agua que yo en sumirme en el mar del engaño.
De forma patética me escucho a mí misma hablar, sé la gravedad de mis palabras, sé cuan equivocada puedo estar, pero no me arrepiento de lo que digo, de lo que deseo e invoco.
Tan simple, tan cobarde soy, sobre todo en días como hoy.
Foto de Cristophe Gilbert






