Cualquier vivencia estúpida: Un día de ocio



Te vistes de blanco cuando tienes los pensamientos negros, te ves en el espejo y te sientes sexi, tanto que ni siquiera necesitas pintarte las pestañas, cosa que en un día normal sería un paso imprescindible de tu rutina de arreglo personal.

Te pones las botas negras de tacón muy bajo, pero con hebilla sugerente, ese detalle que normalmente te da pudor llevar en tu atuendo. Sacas las botas de su caja y tienes que limpiarlas, llevan tanto tiempo guardadas en el closet.

Te sueltas el cabello, dejas que se esponje, que se enchine y así llama más la atención: negro con reflejos castaños naturales. Pareciera un look natural, pero está todo planeado.

Como todos los días usas la pulsera negra con hierbitas verdes en la muñeca izquierda, no te gusta tanto la marihuana pero la pulsera repele gente indeseable y atrae gente chistosa.

Al salir de la casa, esté soleado o nublado, te cuelgas los lentes oscuros, cuadrados, más que un adorno son una necesidad, un plástico polarizado tras el cual podrás analizar a la gente evitando la vergüenza de que te vean mirarlos.

Y ahí vas, experimentando las reacciones de los transeúntes: Ves como cambia la actitud de las señoras cuando llevas los lentes y cuando no los llevas; ves que los albañiles te acosan sólo cuando les haces mala cara; ves que las chicas se sorprenden si les sonríes, están muy acostumbradas a la hostilidad femenina normal; los vendedores te tratan diferente si les hablas como extranjero, y te quieren cobrar más; los conductores que esperan que cambie el semáforo al mismo tiempo que tú están aburridos y esperan que te caigas o hagas algo entretenido.

En el reproductor de música te suena una mezcolanza de canciones que no se parecen entre sí más que por una cualidad: Te hacen sonreir. Moby, Labuat, Sabina, Bob Marley, Janis, Katy Perry, Queen, Calle 13, Feist, Andrea Bochelli, te cantan alternadamente al oído mientras tú juegas por las calles, ves aparadores, coqueteas, repudias, saludas, mentas la madre, te tropiezas y pierdes la pose.

Todo termina en bote de litro, un popote y agua sabor limón. Tú sentada en una cafetería, niños tarahumaras pidiendo kórima, gente que mueve la boca, alguien tal vez te habla a ti, pero no los escuchas porque estás muy ocupada pensando: “Esto lo compartiré con mi blog”.



Autorretrato de Kimiko Yoshida

Bienvenido al club de los que creen que tienen mucho que decir


Vacío, así puedes comenzar a escribir, con la cabeza llena de hilos pero la boca falta de verdad. Toma una pluma Bic, apunta hacia el papel y conviértete en alguien que no eres, en aquello que sueñas ser o en aquello que repudias. “Me he convertido en lo que odiaba en mi juventud” me dijo un poeta amigo, y yo le respondo que a nadie le importa, entonces puede tomar una hoja limpia, echar en ella sus lamentos, arrepentimientos y el odio arraigado que se tiene. Puede tragarse esa hoja, guardarla en una cajita junto a esas otras cosas inservibles o regalársela a un ciego, al fin y al cabo lo entenderá igual que tú y yo.

Cuando un cuento, poema, pensamiento o estupidez no te satisface, puedes hacer bola esa pieza de papel y mandarla a la basura. De una vez vamos a quitarnos las caretas de ecologistas, para poder tirar al desperdicio aquellas memorias que fueron escupidas en nuestro puño y letra. ¡No señor! Borrar un archivo de Word no se siente tan bonito como trozar una hoja, llevarla al cesto de la basura y saber que mañana ya estará en un camión, rumbo a las montañas de cosas olvidadas, el paraíso de las moscas, la guarida de las ratas.

Y vuelves a empezar, otra vez en vacío, otra vez en tu cabeza revolotean las buenas intenciones, sin embargo, de tu boca, de tu mano y de tus ojos, sale nuevamente el vómito de los dioses antiguos, el habla de tu yo padre, la copia chafona de tus autores favoritos, el sonsonete y tarareo de la canción que traes repitiendo toda la semana en la mente. Todos estamos influenciados, entonces nadie se salva de ser uno más del montón, cuyos escritos quedarán en la memoria de nadie, así seas Matusalén y dediques tu larga vida a explicarnos tu caca.




Autorretrato de Kimiko Yoshida

Quiero amarme sin parar


I wanna be sedated, sé que los ramones no son la música de fondo más romántica, pero qué más da.

Yo y YO nos besamos, un poco suave al principio, desesperados para continuar. Sentimos como que va llover así que entramos a la casa y yo le bajo a la música, YO me sonríe y se sienta en un sillón bastante retirado del mío. ¿Qué significa eso? Tal vez no quiere seguir besándome aunque sabe que lo hago muy bien, lo sabe porque yo lo sé, cuando me besa lo hace tan bien que me sorprenden mis propios alcances de este encuentro con mi persona que me hace sentir mareada.

Por la calle caminamos, nunca de la mano pero siempre cerca. YO elige un autobús al azar, aquí comienza nuestra aventura y yo siempre le hago caso. No importa hacer locuras, YO siempre escoge aquellas que a mí me suenan a reto, a tentación. Además traemos la música, la favorita de ambos, compartimos los audífonos, cantamos fuerte y mirándonos a los ojos, la gente nos mira como si mirara a una loca y a su otro yo invisible. “Yo si te veo, YO” y con mi estúpida frase, YO se caga de risa.

El flamenco que de manera aleatoria suena en los audífonos es el más apropiado para este momento de emoción en el que viajamos sin rumbo, miramos a la gente a los ojos hasta que voltean a otro lado, hablamos de todo un poco, de manera discreta hay siempre un rezago de baile en nuestro caminar, en nuestros recuerdos, en hacer un esfuerzo por recordar lo que soñé anoche, YO me va relatando todo mi sueño porque estuvo ahí, pero cuando llega al final del relato yo ya olvidé el principio.

YO me acaricia la cabeza hasta que me quedo dormida, me habla de nuestros próximos planes, del café que tomaremos de mañana, de un pan tostado, frutas, yogur y yo sonrío. Nunca creí que YO encontraría tanta ternura en mi interior.
Autorretrato de Kimiko Yoshida