Mañana es hoy



Felicítame el día que observes en mi actitud un cambio. Felicítame cuando sabiamente aprenda a callar y escuchar. Felicítame cuando sepas que he dejado de andar a ras del suelo. Felicítame cuando deje de actuar, cuando no lleve una máscara, cuando hable desde el corazón, cuando mis palabras sepan a esencia y en mi aliento no quede huella de interés.

No me vengan con que feliz cumpleaños, porque yo ni me acuerdo y la del mérito es mi madre. No me vengan con que feliz día de la mujer, si yo soy antes que nada un humano y no encuentro diferencias más que en nuestro proceso hormonal y sexual. No me vengan con que feliz aniversario, si él y yo podríamos celebrar un aniversario cada segundo que nos disfrutamos.

Cuando sientas impulso, entonces dame un regalo, yo prefiero una mirada a los ojos, esa que nunca me diste pero yo creía recibir todos los días, sintiéndote abrazarme sin siquiera estar cerca. Y si me amas no lo digas, no dejes que las palabras suenen a engaño, mejor espera a la noche e invoca una nube invisible que podrá abrazarme cuando duerma. Y obsérvame, ódiame con ansias, perdona mis errores que yo también soy testaruda. Toma éstas, mis manos que son tus manos, y escucha a través del tacto, que el canto soberbio se comienza a apagar.

Cosecha




Sí, debo olvidar mis apellidos, mi nacionalidad, mis creencias, la moral que no sirve más que para limitarme, mis prejuicios y lo que creo saber del amor. Quiero borrar la frágil fe, dejar las reglas de la diplomacia.

El hombre no puede volar, tiene demasiado peso amarrado a sus alas. Una vida rápida, tantas responsabilidades, la presión social, la crítica que ejercemos creyéndonos profetas, los vicios corporales que le estorban a los vicios mentales. Somos demasiado terrestres aún a sabiendas que debemos ser extraterrestres, universales, vivir en armonía con el todo.
Dice Bjork que debemos darnos cuenta de que somos solamente una tribu en este mundo, la cual debería dejar de estorbarle a la naturaleza, olvidarse de estructuras políticas y económicas.
Y tú me dices que estás lejos, que la gente no te gusta, que la humanidad no tiene valor. Eres individualista, egoísta, egocéntrico e intolerante. Tú, te hablo a ti, el/la que desgarra sus ropas y entrega todo para ser reconocido, como si al momento de morir fuera a servirte para algo.

Debo levantarme de la cama, dominar la pereza que me vence como un gigante poderoso, quiero comenzar a vivir éste, mi probablemente último día de conciencia. Si estoy dormida no puedo respirar sabiendo que lo hago, no puedo llenar mis ojos de aquello que me compete. No se nace siendo hombre, pero cada segundo tengo una nueva oportunidad.
¿Ya te diste cuenta de que no funcionamos?

Y me siento productivo porque trabajo, porque estudio, porque escribo un blog, porque soy científico, porque soy popular, porque me creo ciudadano. Si un día despiertas y te sabes sólo en el mundo, te darás cuenta de que trabajaste por un propósito equivocado. ¿Qué estoy haciendo por mí? Por mí, el cuerpo interno, mi felicidad, mi simpleza, mis ganas de vivir. Dejar atrás la niñez es tan doloroso y fuerte, que el hombre debe olvidarlo o se vuelve loco.

Sonríe, que Dios te está mirando.
imagen de Remedios Varo

Viene el fin. Día uno



Si Dios está en cada uno de nosotros, estamos dejando que Dios se muera a diario. Sé que mi apatía, mi ceguera y mi suicidio lento, son simples como una decisión. Porque el cambio no está en las acciones sino en las actitudes.


Son las tres de la mañana, y Keira sueña con los diez días que vienen, los que definirán el principio del fin, el cambio de era. Keira se levanta temprano, prepara el desayuno de su esposo y lo despide para que éste vaya al trabajo. “Dios vino a nosotros” dice ella refiriéndose a su intenso sueño, y él sonríe sabiendo que Dios nunca se fue, siempre ha estado y siempre estará.

Desde su niñez Keira se supo una niña diferente, soñadora, pero al mismo tiempo consciente y perceptiva. Con toda su fe y ganas de enfocar su don a buenos propósitos, hace dos décadas, ella admitió en un confesionario todos los secretos que en su niñez calló. Recibió la siguiente respuesta: “Calla, tú quien te crees para venir a la casa de Dios a darme lecciones sobre el espíritu santo. Eres sólo una blasfema. En penitencia debes hacer tres rosarios por las almas perdidas en el purgatorio”. Y los ojos inocentes de la joven Keira se llenaron de lágrimas, su corazón se llenó impotencia, sin embargo rezó los tres rosarios.

Keira hace una oración por su hermana la doctora, la que piensa que el psiquiatra es el remedio para esa lucidez tan rara, la que dándose hipócritas golpes de pecho cree que cuando muera será canonizada.

Keira reza un rosario también esta tarde, después de los sueños locos, después de que su hermana la monja le llamara desde Roma para preguntarle qué le estaba pasando y darle un poco de consuelo. La monja ni siquiera dio un saludo típico (cómo estás, qué tal la familia), sino que expresó rápidamente: “Hermana te aseguro que el mundo no se va a acabar, no temas”.

Ni siquiera la monja pudo interpretar correctamente ese inicio del fin al que Keira se refiere. Así que la monja que llamó de larga distancia, preocupada y lista para evangelizar, terminó siendo evangelizada, escuchando por teléfono las palabras tan sabias de su hermana, la integrante rara de su familia, la que siempre juzgaron por ser bromista, la que varias veces se ha desterrado de los templos por no ser parte de aquella congregación que escucha el sermón todos los domingos, toma la ostia y al salir a la calle sigue haciendo de este mundo una cagada.

Para Keira la mediocridad de nuestra iglesia no es suficiente razón para dejar de creer, sino todo lo contrario. Es una protestante en su interior, y lo externa con su tolerancia, con defender el pensamiento del otro aunque no esté de acuerdo con ello, lo externa amando como nadie más amó en esta vida, lo externa conociendo al enemigo para no caer en sus garras.


Pintura Paz Morón
Gracias mamá