De las pasiones

Anoche, como entre niebla, hice el amor, me entregué a los brazos del viento, a la ausencia de luz y al canto de las hadas que pasean entre las plantas cuando se pone el sol. Y dormí entre los brazos de Morfeo mientras él me acariciaba la cabeza como un tierno padre.
Mi sueño de anoche no me permitió vestirme esta mañana. Salí desnuda a comprar comida, regué el pasto cuando el sol a penas se asomaba para hacerme cosquillas, y mi piel jugó atrayendo sensualmente los rayos del sol, intercambié algunas palabras con mi vecino y luego saqué el carro de la cochera, me puse el cinturón y manejé hacia ningún lado, sólo pensaba en lo raro que es andar desnuda sin que la gente lo note.
Quisiera platicarle a alguien cómo es que mi esposo de noche muda de piel y se pone de color azul, sus ojos desaparecen y su boca brilla opacando toda su fisionomía. Yo me quedo siempre sin palabras al no poder acostumbrarme por completo a sus rituales nocturnos, en los que me toma entre sus brazos escamados, me besa con su boca animal, me toca con su lengua que tiene triple fuerza, me araña el torso con sus garras parecidas a las de un águila y luego me hace morir. Y me muero, y despierto sintiendo caricias en mi cabeza, y a mi lado está de nuevo el hombre bien educado, de sonrisa sincera y piel blanca con el que me casé.
Yo no sé si él sabe lo que yo sí sé y no quiero compartir, porque me gusta pensar que es mi mejor secreto. Este fenómeno que tengo conmigo, me da felicidad de día, al ser el hombre bueno con el que comparto mi vida, el que me da seguridad y comparte sueños. También me da felicidad de noche, cuando tiene una metamorfosis de película de terror, en la que experimenta con mi cuerpo todo lo que quiere, y me hace gozar porque conoce en su instinto animal más de lo que yo he podido experimentar conmigo misma o con alguien más.
Nunca he visto la transformación de vuelta a su cuerpo humano, y es que después de que me hace el amor entre niebla, tengo la sensación de estar embriagada y mi vista es poco clara. Y él me empieza a hacer caminitos en la cabeza con sus garras, mientras sus escamas ponen fresca mi piel y tararea la misma melodía, una pieza bellísima que me ha provocado dolores de cabeza al aferrarme a recordarla cuando estoy despierta. Y es una ironía, porque en su estado humano, mi esposo tiene un problema de retención con los números y con la música, y jamás ha sido capaz de cantar una canción completa.
Estoy casada con un hombre bueno, y soy amante de una bestia que me enloquece. No sé si son el mismo, o uno posee al otro, no sé si en él hay maldad o es normal, tal vez a todos los hombres les pasa lo mismo en diferentes etapas de su vida.
No quiero saber más. Ya casi es de noche y nos dirigimos en su carro a la casa, fuimos a cenar y todo fue muy normal.
En unos minutos cuando nos dispongamos a dormir, comenzará otra vez el ciclo de pasar del comedor a la alcoba, en el que mis ansias lo transforman en el hombre azul, escamado, sin ojos, de garras filosas y boca brillante. Ya viene.
Mi sueño de anoche no me permitió vestirme esta mañana. Salí desnuda a comprar comida, regué el pasto cuando el sol a penas se asomaba para hacerme cosquillas, y mi piel jugó atrayendo sensualmente los rayos del sol, intercambié algunas palabras con mi vecino y luego saqué el carro de la cochera, me puse el cinturón y manejé hacia ningún lado, sólo pensaba en lo raro que es andar desnuda sin que la gente lo note.
Quisiera platicarle a alguien cómo es que mi esposo de noche muda de piel y se pone de color azul, sus ojos desaparecen y su boca brilla opacando toda su fisionomía. Yo me quedo siempre sin palabras al no poder acostumbrarme por completo a sus rituales nocturnos, en los que me toma entre sus brazos escamados, me besa con su boca animal, me toca con su lengua que tiene triple fuerza, me araña el torso con sus garras parecidas a las de un águila y luego me hace morir. Y me muero, y despierto sintiendo caricias en mi cabeza, y a mi lado está de nuevo el hombre bien educado, de sonrisa sincera y piel blanca con el que me casé.
Yo no sé si él sabe lo que yo sí sé y no quiero compartir, porque me gusta pensar que es mi mejor secreto. Este fenómeno que tengo conmigo, me da felicidad de día, al ser el hombre bueno con el que comparto mi vida, el que me da seguridad y comparte sueños. También me da felicidad de noche, cuando tiene una metamorfosis de película de terror, en la que experimenta con mi cuerpo todo lo que quiere, y me hace gozar porque conoce en su instinto animal más de lo que yo he podido experimentar conmigo misma o con alguien más.
Nunca he visto la transformación de vuelta a su cuerpo humano, y es que después de que me hace el amor entre niebla, tengo la sensación de estar embriagada y mi vista es poco clara. Y él me empieza a hacer caminitos en la cabeza con sus garras, mientras sus escamas ponen fresca mi piel y tararea la misma melodía, una pieza bellísima que me ha provocado dolores de cabeza al aferrarme a recordarla cuando estoy despierta. Y es una ironía, porque en su estado humano, mi esposo tiene un problema de retención con los números y con la música, y jamás ha sido capaz de cantar una canción completa.
Estoy casada con un hombre bueno, y soy amante de una bestia que me enloquece. No sé si son el mismo, o uno posee al otro, no sé si en él hay maldad o es normal, tal vez a todos los hombres les pasa lo mismo en diferentes etapas de su vida.
No quiero saber más. Ya casi es de noche y nos dirigimos en su carro a la casa, fuimos a cenar y todo fue muy normal.
En unos minutos cuando nos dispongamos a dormir, comenzará otra vez el ciclo de pasar del comedor a la alcoba, en el que mis ansias lo transforman en el hombre azul, escamado, sin ojos, de garras filosas y boca brillante. Ya viene.

A mi me pasa lo mismo que a su esposo: tengo un problema de retención con los números y con la música, y jamás he sido capaz de cantar una canción completa (fel) =* Muap!